Madeleine Peyroux.

En esos días de espera y lluvia como el de hoy, de olvidarse de lo que debe hacerse y ver tercamente por la ventana para mirar otros espacios, otros paisajes, de verme al espejo e imaginarme un rostro y un alma en la panza que crece, tiendo hacia el silencio, hacia la contemplación, ando en una especie de nostalgia feliz, caminando lento, acompañada de ausencias, buscando y atesorando instantes de belleza… En esos días, escucho con inmenso placer la suave voz de Madeleine Peyroux. Me acompaña tanto. La descubrí hace poco, en la excelente pagina musical http://www.lastfm.com/, que aprovecho para recomendar como una buena forma de exploración musical. Aunque ella grabó el primero de sus tres discos hace más de diez años, yo recién empiezo a escucharla. Ya no soy aquella sedienta de nuevas voces y música, reconozco una extraña comodidad en el cerrado circulo de mis afectos históricos musicales, los de siempre. Pero me faltaba Madeleine Peyroux como contrapartida femenina a lo que siento cuando escucho a mi amado Chet Baker. Y quien sabe cuántas maravillas más que andan por ahí que Madeleine me ha motivado a seguir explorando.
Nació en Georgia en 1976 y empezó en la música a los 15 años cuando dejo la escuela y se mudó a París para cantar y tocar guitarra con bandas callejeras, absorbiendo la cultura francesa y la sabiduría de los bulevares. Canto en clubes pequeños y en uno de ellos la descubrió una disquera con la que grabó su primer disco “Dreamland”. Dulce y firme voz, sin excesos, sin empalagar, inmediatamente surgieron comparaciones para mí odiosas con Billie Holiday. Es obvia la reminiscencia de las grandes voces del jazz en la suya pero más que el registro de la voz, la verdadera semejanza está en cómo experimenta de forma muy personal e intenta poseer las canciones que interpreta. No tiene la trágica intensidad y la modulación lenta y cansada y maravillosa de la dama que cantaba el blues, no tiene tantas otras cosas que Billie Holiday transmitía directamente desde su alma hasta su voz, pero Madeleine es Madeleine y no necesita imitar a nadie, la cadencia de su voz amargamente dulce expresa mucha experiencia de vida y sus consecuentes lecciones, y esa mezcla de pasión sin dramatismo, melancolía y suavidad en sus interpretaciones la hace única.

Tuvo un éxito instantáneo, participó en festivales de jazz, e hizo de telonera para Cesaria Evora, entre otros. Los grandes diarios empezaron a alabarla y aumentó su fama pero las giras y la atención la abrumaron y desapareció del mundo público en Paris, cantando de nuevo en clubes, estudiando y buscando el anonimato. En el 2004, ocho años después aparece el maravilloso disco “Careless Love” grabado con un sello independiente, y con una serie de canciones de grandes músicos “rebeldes” americanos como Leonard Cohen, y Bob Dylan.

Mis temas preferidos “Dance me to the end of love” de Cohen; "Don’t wait too long” de Larry Klein, “This is heaven to me” y “Weary blues” de Hank Williams. En el 2006, apareció su último disco “Half the Perfect Love” donde resaltan “Smile” de Charlie Chaplin y “Blue Alert” de Cohen pero que en mi opinión no logra superar al maravilloso conjunto de “Careless love”.



La voz de Madeleine es acogedora, absorbente, a veces amarga, casi ácida, siempre dulce y tan cálida que tiene en mí el mismo efecto de una taza de café o chocolate en el frio, arroparse y escuchar la lluvia, sentarse frente a una chimenea.., me conforta como si fuera una “mano que se cierra en mi interior”, una voz interior de una intensidad serena y sabia que me recuerda que esta espera, esta contemplación, esta actividad repetitiva que sostiene y nutre el mundo de los que quiero es también un premio, el final y el principio de una misma escalera, un descanso interior y reflexivo ante la avalancha de vida que se acerca...

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