En Caracas...


Extrañar lo que está y ya no es lo mismo, es la nostalgia más cotidiana e imperceptible

Desayuno. Un Domingo.
Despierto viendo al Avila por el ventanal, madre montaña , temperamental y cariñosa que nos rodea y nos mira desde cualquier lugar del valle, sus colores son oráculo del humor de la ciudad, y que justo hoy muestra un verde/azul intenso, presagio de cielo claro y de clima perfecto de "eterna primavera" fresco, sin humedad, límpido y acogedor. Disfruto de mi primer apartamento propio, lleno de azul y blanco, de libros regados por todos lados, de esa soledad plena que disfruto tanto, escucho a Simón Diaz o Cecilia Todd y de repente estoy genuinamente alegre.

Camino por la Fco. de Miranda, y luego por la principal de Campo Claro, compro "El Nacional" y "El Universal" saludando en desfile a los vecinos de mas de 20 años y por fin- llego hasta el Vomero, templo del Café, donde se le trata como se lo merece, -como un arte- solo ahí los limites entre un " guayoyo" y un "negrito" y aun mas importante, entre un "café con leche" y un " marroncito" son respetados con una perfección que no he encontrado en ninguna parte. Despertar al primer sorbo, oyendo hablar a los viejitos italianos de sus nostalgias de inmigrantes, y de sus raíces profundas en este país que les duele.

Entrar en la Segunda Av, y a la casa de mi tribu, para desayunar juntos, en la terraza de orquídeas de mi vieja, oler las "cachapitas"frescas es hasta mas placentero que saborearlas, me quejo del "queso de mano" que ya no hacen como antes, leo, le dejo los periódicos al viejo bien dobladitos porque ambos compartimos "la manía del diario ordenado" y se que preferiría ir a comprar otro antes de leer uno todo desparramado. Desayunamos juntos y los dejo viendo películas viejas, me voy sola, a disfrutar mi ciudad.

Voy directo al Centro de Arte "La Estancia" mansión museo, jardín de ensueño. La música la reconozco, es Huáscar Barradas , flautista talentoso que otra vez viene a tocar gratis, entre las voces de los niños y los desayunos improvisados de familias enteras en el jardín, él toca su flauta que enamora el viento y le presta su fuerza y su suavidad. Salgo de ahí flotando, y paso por la Plaza Altamira, y cerca del Obelisco, bajo al Metro de nuevo..



Llego a la Previsora para la primera sesión de cine. Me encantan las matinés, son las 11 de la mañana y el que está en el teatro a esa hora casi seguro sea un apasionado del cine y por eso las películas son siempre buenas. Salgo de la sala con los ojos, el corazón y la mente llenos de imágenes, símbolos y mensajes y me siento en el "Gran Café" a tratar de aprehenderlos.
Mientras me tomo un jugo de parchita y saboreo una arepita de queso blanco, veo pasar la gente, pueblo multicolor, crisol de razas, de orígenes, unidos en una identidad nacional que de tan inmensa nos abarca las diferencias, las injusticias viejas, los privilegios absurdos, la riqueza invisible, la pobreza callada y furiosa... pienso en cuando todo esto encuentre una válvula de escape, sueño con una educación que forme libre pensadores, con un cambio profundo en la política repetitiva, en la economía de "pan y circo", temo a los disfraces populistas que podrían hacer que el rencor explote para ser manipulado y seguir en lo mismo... con otras caretas.
La mañana termina, llega el letargo del mediodía y todo duerme, la memoria descansa, la nostalgia hace una pausa...

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