Viajando al Salto Ángel
“Hay un río al sur de mi alma,de aguas roji -negras, transparentes
Frío y ácido, atrayente... inhóspito,
cuya vida late a sus orillas,
no en su interior, del que sólo brota
espuma mineral a borbotones
Apacible a ratos, arremolinado siempre…
justo debajo de la superficie.
Lleno de rocas y bajos, de sorpresas y misterios.
De torrentes tan limpias,
tan puras e indomables que el viento
parece querer fundirse en él, nacer de él,
Un río en el que estuve a punto de morir…
y en el que me siento tan viva que desearía
fuera mi último hogar...”
Fragmento de algo escrito sobre un bote en el río Carrao en 1999.
Durante tres años hice casi el mismo circuito guiando a grupos de turistas y científicos alemanes viajando por toda Venezuela, entre otras muchas razones lo hacía para poder ganarme el privilegio de viajar al menos cuatro días de cada mes hasta el Salto Ángel, al Sur de Venezuela. Salíamos de Ciudad Bolívar, donde tomábamos una pequeña avioneta Cessna que nos llevaba directo al Cañón del Diablo en el Auyán-tepuy, -el mayor de los tepuyes, para sobrevolar el salto. Dependiendo de las nubes o la falta de ellas, y de la disposición del piloto a hacer piruetas, el vuelo se convertía en una colección de turbulencias y nubes grises o en la visión de un espectacular mundo Jurásico y todas sus sorpresas, desde todas las perspectivas. (Ver video)
El Salto Ángel es la cascada más alta del mundo y esto ya de por sí, la hace una maravilla, pero su mayor belleza está en la tierra que lo rodea, el agua que lo nutre, la gente que lo admira. Por eso es tan hermoso ir hacia él como llegar allá, a su pozo. Llegábamos al pequeño aeropuerto del Parque Nacional Canaima, para partir desde el Puerto Ucaima sobre el río Carrao. Navegábamos hasta llegar a nuestro campamento de hamacas rodeado por el Auyán-tepuy, nombre que en idioma pemón significa "montaña del infierno" porque en su cumbre habitan una corte de espíritus malignos llamados Marawiton, leyendas que me contaba mi pana Betulio, aquí conmigo...
... el guía pemón - Kamarokoto, que siempre me acompañaba, y que junto con el famoso y querido Tomás (abajo) me enseñaron todo lo que pude asimilar de esta tierra.
Llegábamos al campamento siempre al atardecer justo para ver como la luz del sol se reflejaba en las paredes verticales de arenisca rosada y como esto hacía que todo: el río, los arboles y nosotros pareciéramos bañados de rayos rosados y naranjas. Después de una noche siempre inquieta y fría en los chinchorros, sazonadas de los besos del venado Pancho, mascota del campamento y de los aullidos de los araguatos; salíamos al amanecer, vestidos con impermeables a remontar los rápidos arremolinados del Carrao para después entrar en el río Churún, que da origen al Churún Merú (Salto Churún en idioma pemón).
Esta travesía era ya mi destino.., poder navegar este río a través del espacio más antiguo de la tierra, los ojos desbordándose ante la cercanía de los tepuyes que alguna vez pertenecieron a Gondwana, -el continente que también era África-, los gigantescos castillos de cuarzo reflejándose en el río... los Martín Pescador persiguiéndonos rasantes, los colores de las guacamayas y las mariposas azules Morphos sobre nuestras cabezas, las nutrias juguetonas al lado del bote y los caimanes inmóviles y atentos en las orillas... El agua del Carrao se podía respirar en el aire y está tan claro aún en mi memoria: un olor mineral, el dulce y seco aroma del ácido tánico, transparente y limpido, frío, de una pureza indescriptible... Ver como de los misteriosos agujeros del Auyán caían chorros de agua altísimos y paralelos; oír a los turistas preguntar si ese o el otro era el Salto Ángel, responderles que cuando lo vieran no iban a necesitar preguntarme si lo era... En una curva sorpresa...,
... la ansiada visión de la escarpada saliente que contiene el salto, como un altar de piedra para el sagrado encaje del agua.
Cuantas veces me perdí de la primera impresión del Salto para verla reflejada en las caras de mis acompañantes, en su incrédula alegría, en ese inmenso agradecimiento en sus ojos. Cuantas veces lo vi, y aún así me emocionaba como si fuera la primera, sintiendo dentro como nunca toda la belleza, la paz y el privilegio de estar aquí, viva, en este maravilloso mundo, en este azul planeta, en esta misteriosa dimensión.
Llegábamos a Isla Ratón, donde la mejor de las vistas del Salto, nos estimulaba a seguir, caminando y subiendo a través de la selva para llegar al pozo del Ángel.
Una hora o más dependiendo de las condiciones físicas del grupo, atravesando la selva de helechales, caminos bordeados de delgados arboles cargados de bromelias y lianas.., tanto verde alto, delicado y abundante que forma una especie de bóveda donde las hojas son vitrales que hacen llegar la luz en pequeños copos... El sonido del salto se hace mas vivo, más cercano justo antes de llegar al Mirador Laime. Descansamos allí un poco antes de seguir camino hacia el pozo, y es ahí donde desde abajo hacia arriba vemos al salto en todo su esplendor, en toda su fuerza.Al entrar en el pozo, no todo se limita a sumergirnos en el agua fría y turbulenta de la caída, también se entra en un mundo donde lo aéreo se mezcla con lo acuático y el agua después de casi un km de caída libre se vuelve niebla y espuma que nos rodea por completo. Todos guardamos silencio mientras hipnotizados vemos hacia arriba, hacia el Churún Merú, y a veces hacia abajo, hacia el abismo y la sabana repleta de tepuyes en el horizonte.
No puedo recordar otro lugar en el mundo que me haya regalado mayor alegría. Esa alegría que es paz y agradecimiento y amor y lucidez, todo a la vez. Esa sensación sagrada y pura de estar conectada como humilde partícula a una inmensidad que te contiene... y que llevas dentro.
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