5 palabras...



Cinco palabras para describir el lugar más hermoso en el que he estado.
LA GRAN SABANA

Silencio:
Silencio de siglos, de miles de voces, un silencio absoluto, eterno y personal, porque por breves momentos se hace silencio también dentro de ti, y aunque el viento te alborote el pelo y la inmensidad te llene unos ojos que se olvidan de parpadear, aunque estés en presencia de infinitas formas de vida, de un escenario de principios de mundo, de una belleza que esta mas allá de todo límite…toda tú eres silencio, eres solo uno mas de todos los seres que integran este universo aparte: y como una palmera te bamboleas, y como una flor recibes el sol, y como una montaña contemplas de lejos y como un pájaro, te elevas…

Agua:


Agua que corre, que cae, que reposa. Agua que te salpica con la fuerza de la cascada, agua que envicia, que acaricia, que te envuelve en su simple belleza… Después de tanto tiempo, mi mente aun retiene el color del jaspe reflejado en el agua, la estruendosa e hipnotizante caída del Aponguao, la delicada cascada del pozo Catedral, el escarpado Torón Merú y su profundo estanque, la hechizante belleza doble del Kamá, los serenos y fríos pozos sobre el Roraima, y así tantas y tantas, porque nunca pude ignorar a ninguna, ni privarme del profundo e intimo placer que me causaba mirarlas y zambullirme en ellas.Cada caída de agua es diferente, única y ejercen una atracción tan intensa que se puede estar horas contemplándolas y una eternidad sintiéndolas, recordándolas. El marco de helechos, flores silvestres, plantas de mil especies enchumbadas de espuma, el sonido particular de cada salto al caer, y la paz, la inmensa paz que me invadió y me invade al tan solo ver dentro de mí, donde quedaron grabadas.

Tepuy: (link)

Castillos de cristal que encierran y arrullan la luz desde principios de mundo. Desde lejos, son un escenario donde es fácil imaginarse cualquier comienzo, cualquier punto de partida, cualquier primera manifestación de Dios, la naturaleza o el hombre. En otros tiempos y en el mismo espacio, hay dinosaurios y diluvios, árboles gigantes y Mawarís, todos fielmente guardados por los callados y valientes pemones…

Acercándose al Roraima, cruzando ríos de fuertes corrientes, remontando verdes colinas que se burlan de tu esfuerzo haciéndote ver lo insignificante de tus pasos en la inmensidad, adentrándote en esa paleta de azules, ocres y verdes, que te hacen sentir parte de una gran obra de arte a la que solo Dios puede realmente apreciar, te das cuenta poco a poco de que todo es un preámbulo planeado por la Naturaleza para que el impacto de llegar al fin al pie del tepuy no te paralice.

Subiendo el Roraima, el verde deja de ser un color para convertirse en todo un universo, fresco, brillante y suave que envuelve especies casi prehistóricas que evolucionaron más lentamente solo aquí, en esta mágica isla biológica… Subiendo el Roraima, te olvidas de que subes hacia un Olimpo de dioses de la naturaleza, y te aferras a la rama que te apoya, al rastro del indio que te guía y te supera, al ritmo de tu respiración, al pasadizo cerca del abismo que has de subir, a cada piedra resbalosa que pisas, sin apreciar en realidad las bellas cascadas que las mojan… Pero al tomar un descanso, y sentarte a disfrutar la vista, te invade la más plena e indescriptible de las sensaciones, y es la de estar de pronto integrada, formando parte de algo que siempre fue idealmente bello, sagradamente lejano para ti, como el mas imposible de los sueños… Todos tus sentidos parecen despertar de un largo letargo, y el aire que respiras en ese momento parece que bastara para toda tu vida… Oyes un silencio que tan solo es sacudido por el viento en tu cara y en los árboles, y tu vista se desespera, se desborda ante tanta belleza… Solo la lejanía de tu guía, y el deseo de llegar a la cima te despiertan de la hipnosis, para seguir tu camino.
Al llegar, descansas en tu desconcierto, reaccionas, te levantas, caminas y de repente, sientes un frío intenso, la niebla se disipa y ante ti, se descubre un mundo totalmente nuevo: gris, lunar, rocoso, árido pero a la vez, extremadamente acogedor como si estuviera siglos esperándote. Cada piedra parece moldeada por manos gigantes, y así recuerdas que estás en la morada de los espíritus, en la guarida de tantos seres fantásticos de las leyendas pemones. Te intimidad, te cohíbes, sientes el privilegio del que han dejado acceder a las cámaras de un verdadero tesoro… Duermes alucinando, temblando de emoción y frío, y cuando debes irte, sientes una misteriosa certeza de que volverás…
Noche:

Noches de infinitos y desconocidos sonidos, de sobrecogedor silencio, noches que pueden provocarte la sensación de la mas absoluta soledad, o pueden invitarte a comprenderlas, a internarte en ellas y así lograr una mejor conciencia de ti mismo, del mundo a tu alrededor y del que existe mas allá de tu percepción. Noches de lluvia implacable y frío terrible que te enseñan con admirable simbología que de poco sirven las cobijas cuando el mejor calor es el de tu propio cuerpo. Noches que prueban tu luz interior cuando solo ofrecen oscuridad y silencio. Noches que te hacen pensar que nunca has mirado el cielo, porque el que contemplas, es un cielo mágico, hipnotizante, intensamente azul, lleno de estrellas fugaces, que sientes tan apabullantemente cerca, que no sabes si amar u odiar a las montanas que parecieran sostenerlo.
Al principio, pensaras en dioses antiguos y nuevos, en galaxias lejanas, en seres de otros universos, te harás las mismas preguntas que se hacen todos los hombres: ¿qué hago aquí? ¿De dónde vengo? ¿Quién soy? y ¿adónde voy? pero llega un momento en que sólo te concentras en el espectáculo celeste que se te ofrece y esa luz suave, impalpable y viajera, se introduce en tu ser y te ilumina por siempre.


Hombre:

Hombres que a pesar de tanto abuso e injusticia, de tanta impotencia y destrucción, aun se saben habitantes privilegiados de un paraíso único en la tierra. Y a pesar de que beben sodas enlatadas y visten yeans, casi siempre llevan dentro de sí: la sencillez del agua, lo agreste de la selva, la frescura de la hierba, y lo sagrado de las montanas. Hombre indio, mujer y niño pemón, que no pueden evitar el resentimiento ante los que destrozan su tierra y su cultura, pero que poco a poco y sólo si sospechan algo de amor y humildad en ti, te adentran en su paraíso y dejan entrever sus almas...

Hombre minero, enloquecido por el frenesí del oro y los diamantes, inconsciente y vividor de un presente lleno de licor, lujuria y barro, vacío de sentido, de propósito, de respeto. Hombres que hacen del peligro, o de la ambición, o de la traición una forma de vida. Hombres de bolsa llena, de armas y almas escondidas, que entierran cada vez más sus sueños en facilismos y postergaciones pero que no pierden la esperanza de algún día convertir realmente el barro en oro...

Seres humanos que viven, aprovechan o visitan la Gran Sabana y entienden que ahí pertenecieron desde siempre, y cuando parten de esa tierra única y multidimensional tienen la absoluta convicción de que de ahí salieron y ahí volverán.
1996.

No hay comentarios:

Publicar un comentario